Punto y aparte (o la dificultad de dejar ir)

A todos nos ha ocurrido, y nos seguirá ocurriendo. Hay cosas en la vida que tienen un principio y un final, por mucho que nos emperremos en aguantarlo. Un familiar. Una mascota. Una amistad. Una relación. Nuestros viejos hábitos.

Y es que es difícil dejar el mango ardiendo de una olla caliente cuando has estado muchísimo tiempo aguantándola. Quema, pero sabes qué es lo que debes hacer: soltarlo. Ahora bien, vas a tener que agacharte a recoger toda esa agua hirviendo, perdiendo todo tu orgullo y dignidad antes de poder levantarte de nuevo.

¿Por qué nos ocurre esto? ¿Por qué tratamos de resistirnos a dejar ir las cosas? ¿Qué es lo que quiere decirnos nuestro cuerpo? Sí, hay una explicación científica para ello, pero hoy quiero reflexionar con el corazón.

Hay cosas en la vida que tienen un principio y un final

La propia vida es así, sabes que tiene un principio y sabes que tiene un final. Quizás sea un final muy lejano, pero en el fondo de tu mente sabes que está ahí, y que en algún momento puede acercarse de forma muy brusca para que todo termine de repente. ¿Qué podemos hacer ante tal incerteza?

La verdad es que no mucho, más allá de aceptar que todo tiene un final. No importa las razones, ni las circunstancias, ni los sentimientos ni todo el esfuerzo que hagas para detener lo imposible, porque acabará ocurriendo. Y duele. Duele muchísimo.

¿Te vas a morir por ello? Absolutamente no, pero es posible que los primeros días, semanas y meses estés muy tocado, que te culpes, que te repitas constantemente la lapidaria frase de “podía haber hecho más”. Pero no lo hiciste, fuese por la razón que fuese. En ese momento, no lo hiciste.

Pero que sepas que todo este dolor y tristeza también tiene un final. Por suerte todo va a salir bien, y la vida se acaba enrutando mucho mejor de lo que puedes llegar a imaginar en ese momento que sientes que te estás ahogando en un pozo de alquitrán.

¿Por qué nos cuesta tanto dejar ir?

Romperse un brazo duele, pero duele más que te rompan el corazón. Duele más que resquebrajen tu espíritu inmaterial, porque no hay tirita que sane eso. Solo te queda dejar que el tiempo, la buena compañía y nuevas experiencias vayan soldando los pedacitos de tu alma. No serás el mismo, por supuesto, pero tendrás la misma esencia. Incluso serás mejor.

Nuestro cuerpo no es tonto y cuando ponemos la mano en el fuego, en cuanto nota que hay dolor, la aparta de forma automática. Nuestro cerebro no es tonto y cuando sabe que un evento va a ser traumático, trata de evitarlo a toda costa. Y eso puede ser o huyendo de él o evitando que suceda. 

Es posible tener la voluntad suficiente como para aceptar este dolor, tragárselo y recibirlo sabiendo que es lo que se debe hacer. Sabes que es el camino correcto, que el dolor tiene que venir tarde o temprano y debes aceptarlo. Porque si no lo aceptas, si lo rehúyes o lo evitas, el golpe será mucho más duro.

Cuesta mucho aceptar las situaciones dolorosas en la vida, como la pérdida, como el dejar ir. Los pensamientos de arrepentimiento son los primeros; luego les acompañan la frustración, la impotencia, rabia, ira y acabamos en un cúmulo de emociones que te noquea durante muchísimo tiempo, incapacitándote para nada. Ya no sientes nada bueno.

¿Y qué podemos hacer para dejar ir?

Dicen que el tiempo cura las heridas, sobre todo las emocionales. Y no le falta razón, pero lo que significa es que a medida que experimentes nuevas emociones, crees nuevos recuerdos, conozcas a nuevas personas y descubras que aún hay cosas maravillosas en la vida, todo ese dolor acabará disipándose para ser solo una sombra de lo que fue.

No va a ser rápido, no va a ser fácil, pero será. Conseguirás un aprendizaje muy importante, una lección tan valiosa que te marcará en tu presente y en tu futuro. Sabrás qué hacer y qué no hacer para volver a sufrir el mismo dolor si has aprendido bien la lección. Y cuando no se pueda hacer nada, cerrarás los ojos y aceptarás la pérdida con lágrimas honestas.

Se fuerte. Se valiente. Llora todo lo que necesites llorar. Tómate tu tiempo para entender tus emociones. Y cuando sientas que la vitalidad vuelva a aflorar en tu cuerpo, trepa hacia la luz de nuevo, dejando la oscuridad atrás (pero recordando que siempre estará ahí, pues es es inevitable tener recaídas en el pozo).

Gracias por vuestro tiempo.

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