Tápate los oídos y abre bien los ojos

Durante toda nuestra vida lanzamos muchas promesas, pero cumplimos muy pocas. A veces no son ni promesas, o no las consideramos como tal. Yo soy el primero en que fallo cumpliéndolas. Soy humano, cometo errores, me olvido de cosas y, bueno, ocurre lo que tiene que ocurrir.

Entonces aquí hay dos opciones: o trabajas en una disciplina férrea para cumplir con lo prometido, o directamente no hagas promesas. Y es que la gran dificultad de que estas promesas se cumplan es que solemos ser incapaces de conectarlas con nuestro lado emocional, ya que son de origen racional.

¿Qué significa esto? Que cumplir es difícil. Es muy difícil. La mitad de nuestro cuerpo quiere seguir, pero el otro va a intentar hacer todo lo opuesto para satisfacer tus necesidades inmediatas, emocionales y que van en contra de lo que te has prometido. 

Cuando te prometes a ti mismo, mira, tiene un pase; pero cuando prometes a otra persona, fallar en tus palabras deteriora los lazos de confianza que con tanto tiempo han costado crear. Y es entonces cuando tu lado emocional deja atrás su estupidez y por fin entiende que debes cumplir con lo prometido.

 

Cumplir promesas para uno mismo, ser tu propio testigo

Soy un soñador, visualizo muchísimo cosas que probablemente nunca ocurran. Sí que puedo visualizar lo que prometo, pero luego cuando toca aplicarlo a la realidad debo poner toda mi voluntad para no fracasar. ¿Es que acaso es tan difícil cumplir una promesa?

Depende de cada uno, de sus vacíos y de sus propias necesidades. Depende de las experiencias previas cumpliendo promesas y realizando actos que ayudan a disciplinar tu mente emocional para que entienda, de una dichosa vez, que no siempre lo inmediato es más importante que la recompensa futura.

Hay días que lo llevo bien, días que lo llevo mal y otros días que me permito aflojar un poco lo prometido para echarle un poquillo de carnaza a mi lado emocional. Es duro, pero a veces es mejor así. El problema está en que yo soy mi propio testigo y jurado, sabiendo que mis actos contradicen mis palabras, sean prometidas a mi propia persona o a alguien.

El clásico ejemplo de prometerte adelgazar. Los primeros días son duros, después vienen otros que lo llevas bastante mejor. En cuanto llega el finde, te invitan a una cenita y de postre está ese suculento pastel… . En fin, qué desastre. Pero oye, también puedes pensar que esa rica porción de chocolate es una recompensa por haber aguantado los primeros días.

Ahí viene el juego de perspectivas con uno mismo. Si eres capaz de resistirte a la porción del pastel de chocolate, saldrás reforzado de esa cena. Aunque también es probable que tu mente te diga “tio, que solo era un bocado, ¿acaso no te lo mereces?”, lo que provocará que en los días posteriores incluso llegues a arrepentirte, o que la ansiedad por comer dulce se acreciente y te acabes comiendo un pastel entero, no solo una porción.

En cambio, si aceptas que el pastel de chocolate es una recompensa por tu esfuerzo, puede que te salga mejor la jugada. Al fin y al cabo, a no ser que te vaya la vida, es un placer efímero que puedes disfrutar. Y más con una cena entre amigos y buena compañía. Vamos, que no es un reinicio en la promesa, sino una recompensa para continuar esforzándote.

Demostrar con actos, no con palabras

¿Pero qué ocurre cuando la promesa es hacia otra persona? A veces no es solo adelgazar, sino, por ejemplo, demostrar que pese a todo lo que sientes no debes tomar contacto con ella. Claro, aquí el lado emocional te empuja, una y otra vez, a romper la promesa; pero el lado racional sabe que no, porque se debe cumplir sí o sí. Un fallo y perderás.

Aquí solo queda demostrar con actos. Estas promesas se trabajan en la sombra, a pico y pala, y rara vez van a tener la valoración que tú crees merecer. Se trata de demostrar con actos y no con palabras. Se trata de que llegado un momento en la vida, la persona a la que prometiste algo se dé cuenta por su propia voluntad de que has cumplido, si es que lo hace.

No esperes recompensa. No esperes felicitaciones. No esperes ni siquiera un mensaje de ánimo porque lo estás haciendo muy bien. Quizás lo único que te encuentres es indiferencia. Estas frustrantes promesas son las más difíciles de cumplir, pero son las que más van a forjar tu actitud y tu carácter a partir de ese momento.

La clave está en autoreconocerse, hecho que solemos hacer muy mal en general. Siempre buscando la aprobación de los demás, pero incapaces de escuchar a nuestra voz interior felicitándonos por todo el esfuerzo y metas conseguidas. 

Pero, oye, inténtalo. Deja de leer un minuto, recuerda las promesas que cumples cada día y dedícate unas palabras de ánimo para continuar. Permite que tu mente emocional no sea un enemigo, sino un aliado. Permite que entienda la razón por la que has prometido algo y quieres cumplirlo, aunque todos los átomos de tu cuerpo quieran ir en la dirección opuesta.

Solo queda taparse los oídos y abrir bien los ojos

¿Y si te prometen cosas? ¿Y si siempre te están diciendo que se hará X o Y, pero luego nunca ocurre? Tápate los oídos y abre bien los ojos. Evita que te coman la cabeza con palabras y observa, ya sea por acción o ausencia, que los actos prometidos se están cumpliendo.

Es más, si decides dejar de escuchar todo lo que te dicen los demás para ver qué es lo que hacen, cambiará por completo tu perspectiva de vida. Las palabras se sentirán vacías al no estar acompañadas de acciones alineadas con ellos. Y sabrás en quién depositar tu preciada confianza gracias a todo lo que hacen por ti, y no todo lo que dicen que harán.

Tápate los oídos y abre bien los ojos. Aprecia el valor de aquellas personas que pican la piedra en silencio, y no los charlatanes que prometen desde el sofá de su casa. 

Tápate los oídos y abre bien los ojos. Mírate a ti mismo y fíjate si eres de los que hablan o de los que actúan, porque así es la única forma en que te darás cuenta si eres una persona de confianza.

Tápate los oídos y abre bien los ojos.

 

Gracias por tu tiempo.

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