Todo lo que me enseñó el fútbol americano

Aún recuerdo con claridad esa primera vez que descubrí el fútbol americano en primera persona. Era una final de la liga catalana. No entendía nada, pero veía a los valientes jugadores golpearse por un balón ovalado. Algo de este deporte me cautivó. No sabía exactamente qué, pero para la siguiente temporada me animé. Y así fue como Imperials Reus cambió por completo mi vida.

Comencé a ir al gimnasio y a descubrir un deporte que rompería muchas de mis limitaciones. Que pese a lo sencillo que pueda parecer desde fuera, detrás hay un trabajo técnico colosal. Por no hablar de todo el esfuerzo físico que se debe realizar para meterse en el campo y luchar contra 11 hombres que quieren hundirte contra el suelo.

Sin duda es un deporte exigente y que pide sacrificios, pero como bien dijeron los entrenadores que tuve  «el fútbol americano no es un deporte, es un estilo de vida». Y cuánta razón tenían, ya que después todo lo que aprendes lo acabas aplicando en la vida real.

Lo tengo interiorizado, pero me gustaría escribir y recordar de nuevo todos los aprendizajes. Y espero que a vosotros os puedan servir para reflexionar.

Cuando te caes, te levantas

O también si te embisten con tanta fuerza que te dejan planchado en el suelo. Los golpes duelen, sobre todo los que da la vida. No es agradable caerte, ver como has fracasado en tu propósito y en todo aquello en lo que trabajabas. 

Y en el campo, ver que has fallado un placaje que ha significado un touchdown para el otro equipo es demoledor. Sentirás rabia, tristeza, impotencia o frustración. Quizás todo a la vez. Tendrás ganas de mandarlo todo a la mierda, de perderte y autoflagelarse por todo lo que pudiste hacer y no hiciste. 

Es normal, no te preocupes. Acepta este sentimiento, no lo reprimas, y conviértelo en energía. Saca fuerzas de esta emoción para levantarte del suelo con dignidad y seguir luchando, porque esto es lo que hacen los jugadores que sienten el fútbol americano dentro de su corazón. 

Las derrotas son dolorosas, pero de ellas se puede extraer un aprendizaje, un crecimiento personal que nunca conseguirías de otra manera. Así que cada vez que te caigas, que la vida te tumbe, acepta tus emociones y descubre todo lo que podrías haber hecho para aplicarlo en la siguiente jugada.

Cada jugada es una nueva oportunidad

No hay algo que más rabia me de que una mala jugada, donde por una cosa u otra se comete un error, se falla un placaje o se pierde una oportunidad. Es frustrante, pero mantenerla en mente en forma de bucle no te va a ayudar a sacar lo mejor de ti en lo que queda de partido. 

Memoria de pez, eso es lo que se necesita. El pasado, pasado está. El futuro es incierto. Pero el presente está en tus manos. Y tú puedes decidir qué actitud vas a poner en la siguiente jugada. Muy bien, la anterior ha sido un desastre, no pasa nada, porque te vas a demostrar a ti, a todos tus compañeros y a los espectadores de qué estás hecho.

Cada día, como cada jugada, es una oportunidad para triunfar y aprender. Quizás las cosas no salgan como esperabas, pero no pasa nada. Porque cada paso que des, por muy pequeño que sea, te ayudará a crecer, a ser mejor y a alcanzar el objetivo que tienes en mente.

Aprende de los errores del pasado, pero no dejes que estos entorpezcan ni tu presente ni tu futuro.

Es más fuerte tu mente que tu cuerpo

A todos nos ha venido el pensamiento de “podría haber hecho más”. ¿Por qué no lo hiciste? Bueno, siempre es una incógnita que cuesta mucho resolver, pero la mayoría de las veces nos ocurre que no tenemos la actitud adecuada. Y esto significa que en vez de dar lo mejor de nosotros mismo, nos venimos abajo.

La actitud es la clave para todo. Para el fútbol americano es esencial, ya que una buena actitud te permitirá dar el 100% en cada partido, aunque haya una meteorología adversa y el marcador esté en contra. Aprieta los dientes y lucha por aquello en lo que crees, porque está en tu mano llegar al final y no tener ni sombras ni dudas sobre haber dado lo mejor de ti en el campo.

La mente siempre es más fuerte que el cuerpo. Recuerdo que por muy fuerte que estuviese, por muchas pesas que levantase y que sintiese que tenía el mejor físico posible, no era capaz de dar lo mejor de mí porque yo mismo me frenaba. Los fracasos me pesaban, y más aún el miedo al fracaso, pese a demostrarme siempre todo lo contrario.

Convierte a tu mente en tu mejor aliado. Ella es la clave para todo, desde tener una buena actitud hasta sentir que no eres el mismo del día anterior, que las experiencias que tienes cada día te han convertido en una persona más capaz, más decidida y, en definitiva, mejor. Cuando mires atrás, es posible que ni siquiera te reconozcas.

Respeta el dolor, pero no le tengas miedo

El tener que pegarte con otras personas, pese a llevar protección, es algo que rompe todas tus barreras mentales. Recuerdo los primeros entrenos con contacto con una mezcla entre curiosidad y miedo, ya que no tienes la certeza de cómo vas a encajar un golpe de alguien mucho más experimentado que tú. 

Bueno, lo encajé y lo disfruté. Al final del primer entreno supe que quería más, que quería demostrarme a mí mismo que no hay miedo o dolor que puedan frenarme por aquello que quería conseguir. Cuando caes de espaldas al suelo por un buen placaje o bloqueo, no sientes dolor, sino algo muy distinto.

Es difícil describir, la verdad. Es una sensación que no te deja en el suelo paralizado, ni haciendo la croqueta por un dolor que te impide levantarte. Algo se dispara dentro de ti, quizás la adrenalina, y enseguida que ves una mano amiga que te ayuda a ponerte en pie, te levantas como si nada.

Ahora bien, hay que respetar el dolor. Acepta el dolor como lo que es, aprende de él y fortalece tu mente. No tengas miedo a recibir daño, pero entiende que en la vida hay momentos que te van a doler, por mucho que trates de evitarlos.

Disfruta y sonríe, incluso en las derrotas más dolorosas

Hay derrotas que tienen un sabor amargo, mientras otras las disfrutas más que una victoria. Me viene a la mente una increíble final que jugamos en Mallorca, donde el partido fue muy disputado y se sentenció en nuestra contra en los últimos minutos. Fue un duro revés, pero sabiendo que lo dimos todo, la fiesta posterior fue apoteósica. Y más aún la sensación de felicidad.

Ahora bien, al año siguiente logramos ganar esa final, además en nuestro propio campo, pero se sintió extraña. Sentíamos una gran presión sobre nuestros hombros por ganar y comencé a no sentir que disfrutaba de este deporte. Quizás nos perdimos en la competitividad y nos olvidamos de entender la razón por la que comenzamos a jugar: pasarlo bien.

A lo que quiero llegar es a que por mucho que pierdas partidos, que cometas errores, que no tengas segundas oportunidades y que hayas tocado fondo, levanta la cabeza y sonríe. Es tan importante la deportividad con tus rivales como con tus compañeros, pero mucho más contigo mismo. 

Nunca pierdas de vista la razón por la que practicas fútbol americano o cualquier otro deporte. Nunca pierdas de vista tu razón para vivir, la motivación que te lleva a aguantar toneladas de dolor y fracasos, de días de insomnio y horas sacrificadas levantando hierros. 

Aunque no consigas lo que te propongas, aprovecha y disfruta de este camino que te convertirá en una persona plena.

 

Gracias por vuestro tiempo.

 

Foto de portada: Elisabeth Casañas

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